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21 agosto, 2008 / pepa

Sacrificios rituales de animales


[Estados Unidos] [La denuncia de prácticas religiosas aberrantes y el enfrentamiento con los creyentes es inevitable]. Lo leí Los Angeles Times, y lo traduje:

Sacerdote Santero Rechaza Sacrificio de la Libertad Religiosa. Ernesto Pichardo, co-fundador de la primera santería del país, interpone una demanda por el allanamiento policial de su iglesia durante un ritual en 2007.

Jesús Suárez, un sacerdote santero, tenía que cortarle la garganta a una cabra esa tarde de junio. Todavía tenía que ofrendar tres cabras más, dos ovejas y 44 pollos.
Pero antes de que pudiera terminar el sacrificio ritual, la policía de Coral Gables irrumpió en la casa donde él y una veintena de fieles de la religión afro-cubana se hallaban reunidos para orar.
Los agentes, recuerda Suárez, apuntaron con sus armas a los fieles y les gritaron que no se movieran. Suárez pudo oír gritar a unos feligreses que estaban en el jardín: “¡No disparen!”
Pronto llegaron al lugar camionetas de equipos de televisión. Suárez contó veinticinco coches policiales.
“¿Por qué violan nuestros derechos civiles?”, preguntó Suárez.
Poco después la noticia del allanamiento llegó a oídos del más grande defensor de la santería en Estados Unidos. Ernesto Pichardo: sumo sacerdote, la extensión física de Shango, espíritu del fuego, y co-fundador de la Iglesia del Lukumi Babalu Aye, la primera iglesia santera del país.
Si los funcionarios de esta elegante ciudad estaban esperando enfrentarse a un hombre místico y sereno envuelto en una túnica, bueno, ese no era Ernesto Pichardo.
Pichardo, 53, prefiere los mocasines y los pantalones flojos. Es un hombre bajo con una cara curtida por el tiempo que se peina de lado, fuma en cadena y malhablado, replicón, testarudo y, de vez en vez, grosero. Es un orgulloso miembro de la burguesía cubano-americana, y republicano. Sin embargo, su inglés callejero tiene algo de Abbie Hoffman, con frases que terminan a menudo con un irónico “man”.
Pichardo, según sus propias palabras, tiene “problemas de autoridad” que se derivan de la hostilidad y malentendidos que se han tejido sobre su religión durante años.
“Soy hijo de Shango”, dice, refiriéndose al dios de la santería, u orisha, con el que dice que tiene una relación especial. “Soy dios del fuego. Eso es, lo que yo hago es empezarlos”.
Después del allanamiento de 2007, Pichardo exigió excusas al alcalde de Coral Gables, Don Slesnick, y una promesa de que sus agentes de policía seguirían clases de tolerancia. Slesnick, que no quiso hacer comentarios, lo rechazó.
Así que este verano Pichardo entabló una demanda exigiendo informaciones públicas que los funcionarios no habían entregado. Espera que los fieles usen esa información como base de futuras demandas de derechos civiles.
“La mentalidad del alcalde de Coral Gables es casi una ofensa”, dice Pichardo. “Para él, parece que está bien que se practiquen estas cosas africanas primitivas en algunas ciudades, pero no en la suya”.
Agregó: “Así es como lo veo yo, man. El que habla es un cubano blanco, ¿OK?”
Pichardo no ve nada raro en que un hombre blanco defienda una religión con raíces en África Occidental. Muchos blancos han adoptado la santería desde que esta fuera llevada al Nuevo Mundo por los esclavos. La asamblea en Coral Gables contaba con fieles negros y blancos.
Su familia fue introducida a la fe por un ex esclavo que trabajaba como cocinero en la casa de sus abuelos en La Habana. La madre de Pichardo llevó su religión con ella cuando la familia huyó de Cuba hacia Florida en 1960.
De niño en el barrio obrero de Hialeah, Florida, Pichardo se familiarizó con algunos aspectos de la santería -las adivinaciones, los tambores, las complejas ceremonias-, pero no se involucró completamente sino en 1971. En la época, los inspectores escolares estaban tratando de expulsarlo de la secundaria por sus relaciones con la mala hierba. Finalmente lo lograron. Y nunca terminó la escuela.
“Toda mi vida fue interrumpida cuando tenía dieciséis”, dice. “Y de repente encontré una explicación para todo”.
Los padres de sus amigos, dice, lo evitaban por haberse asociado a lo que consideraban una secta. En un ritual entonces, recuerda que los fieles tenían miedo de ser arrestados por sus sacrificios de animales.
“Pregunté: ‘¿Arrestado por qué?'”, dice Pichardo. “¡Me están tomando el pelo!”
Fue aprendiz durante años bajo la dirección de un sacerdote mestizo llamado Roque Duarte, que había sido ordenado en Cuba en los años cuarenta. Aprendió las propiedades medicinales de las plantas, y se hizo íntimo de los varios orishas y sus conexiones con la naturaleza. Aprendió, dice, a adivinar el futuro leyendo conchas marinas.
En 1974 él y otros fieles inscribieron la iglesia. Fue una novedosa movida para una religión que, hasta entonces, en Estados Unidos carecía de estructura. Pero Pichardo creía que la santería necesitaba organizarse más para disfrutar plenamente de sus derechos.

Puso esos derechos a prueba a fines de los años ochenta, cuando trató de abrir un templo en el centro de Hialeah. Muchos de sus compatriotas cubano-americanos protestaron vehementemente. Algunos dijeron que era satánico o anti-cristiano.
También protestaron contra el sacrificio de animales en el local, y en 1987, el concejo municipal aprobó una ordenanza prohibiendo “los rituales que incluyan el sacrificio animal en público”. La iglesia protestó diciendo que sus derechos constitucionales habían sido violados, y seis años más tarde esa ordenanza fue revocada por la Corte Suprema de Estados Unidos.
Pichardo estaba eufórico, pero es un realista.
“Cuando ganamos en 1993, había un cuarto lleno de periodistas blancos que dijeron: ‘¿Qué significa esto para usted?’ Les dije: ‘Para mí esto es el comienzo. Ahora sí que empezamos'”.
Según algunos cálculos, hay cien mil fieles de santería en Florida. Inevitablemente, algunos de ellos tuvieron dificultades y Pichardo hizo que pudo para ayudarles. Empezó a imprimir tarjetas laminada ‘certificando’ a santeros para que ayudarles a evitar problemas con la ley.
Y trató de no tomarse muy en serio. Se apareció por un juego de béisbol de algunas celebridades locales con un pollo de goma colgando del cuello.
Su religión ganó un poco más de aceptación. El alcalde de Hialeah, Julio Robaina, ahora llama a Pichardo para que lo ayude a mediar en casos de problemas de aparcamiento, ruido y con animales que surgen en servicios de santería.
“Todos hemos madurado”, dice Robaina. “Tenemos que respetar las religiones de los otros”.
El incidente de Coral Gables fue provocado por un joven vecino que llamó al 911 después de oír balar a algunas cabras. Cuando llegó la policía, Suárez, el sacerdote, trató de mostrarles la tarjeta laminada de la iglesia de Pichardo. Le dijeron que la tarjeta no era válida.
Nadie fue arrestado, pero los feligreses dijeron que estuvieron detenidos durante tres horas.
“Básicamente violaron y profanaron un espacio sagrado”, dice Pichardo. “Lo convirtieron en un circo”.
Varios de sus vecinos cerca de la casa dicen que no tienen problemas con la santería. Pero la muerte de más de cincuenta animales plantea problemas para la salud y las buenas costumbres.
El dentista Carlos Coro, 46, dijo que Coral Gables es una ciudad exclusiva y altamente regulada: En algunos lugares, los propietarios de casas necesitan un permiso para pintar las paredes interiores de sus casas. “Es simplemente un tema de sentido común”, dijo. “Háganlo en un templo. No lo hagan en un suburbio moderno”.
Pichardo sabe que malentendidos similares pueden ocurrir en la multicultural Florida del Sur, donde haitianos, dominicanos, portorriqueños y otros siguen importando prácticas religiosas no tradicionales. Pero cree que habría menos tensiones si la gente se familiarizara más con ellas.
Sabe que mucha gente se sorprenderá cuando descubran, en sus propias y bonitas casas suburbanas, sus elaborados altares a los orishas, con sus cuentas y vasijas y velas.
Simplemente están al lado del microondas y de la máquina de café. “La gente dice: ‘No eres tradicionalista'”, dice Pichardo. “‘Les digo: ‘¿En serio?'”
[Richard Fausset]
[richard.fausset@latimes.com]
[21 de agosto de 2008]
[11 de agosto de 2008]
los angeles times]

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