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2 octubre, 2008 / pepa

Los perros de Playa Ancha


Quizá en ningún otro lugar queda tan en claro como en Playa Ancha, que no se puede pensar la historia social de Chile sin incluir a las mascotas de sus habitantes. La historia de los barrios es impensable sin los perros callejeros, que las autoridades llaman habitualmente perros vagos y que se vienen esforzando por erradicar de nuestro paisaje urbano recurriendo a argumentos de salud pública y a la estricnina y otros venenos. La población resiste y se organiza para defenderlos. Y ha creado espontáneamente formas alternativas de relación con los animales que se cuentan ahora entre los elementos centrales de la cultura y de la identidad porteñas.

En las calles de Playa Ancha suelen verse de tanto en tanto casetas improvisadas, de dos aguas o rectangulares, construidas con materiales diversos -cartón, latas, madera, telas y papel. Las hay de todos los tamaños. El carácter improvisado y la rusticidad de los materiales no son fortuitos. Se construyen así para no despertar en algunos la idea de llevárselas a casa, para sus propios animales, o por sus materiales. En ocasiones, el suelo de las casetas se incrusta en pesados pastelones de cemento. En estas casetas viven perros, que son ampliamente considerados como guachimanes.

Hay muchos casos de perros que viven en la calle, habitualmente en el portal de alguna familia, pero sin caseta o bajo cobertizos muy rudimentarios. Una vecina, Elizabeth, explicaba que ella debió retirar dos casetas que tenía en la acera por las protestas de los vecinos. Pero eso no implica que haya dejado de cuidar a los perros que vivían ahí. Ahora se cobijan en cajas bananeras de cartón, que ella deposita por la noche discretamente debajo de un arbusto que crece frente a su casa.

En realidad, cajas de cartón, bidones y culos de botellones de plástico se ven por todas partes y delatan la intensa solidaridad de los vecinos.

Comité de Protección de los Hermanos Menores
La gente de Playa Ancha, especialmente sus mujeres, se han organizado en una extensa red de grupos menos o más formales dedicados a la protección de las mascotas (o de los animales en general) -de los perros callejeros y de los perros de casa de familias de menos recursos.

En el vecindario de la calle de Argomedo formaron las vecinas, en 2001, un organización ahora con personalidad jurídica llamada Comité por los Hermanos Menores. El nombre se inspira en la filosofía de San Francisco de Asís, el santo patrono de los animales. Según su presidenta, Judith Maury, el grupo se fundó originalmente para ayudar a los perros callejeros enfermos, pero fue poco a poco ampliando su alcance.

Hay otros grupos menos formales, sin personalidad jurídica, pero igualmente efectivos que funcionan en todo Playa Ancha. Se trata normalmente de grupos de vecinas que se ocupan fundamentalmente de proteger y alimentar a perros de la calle. Otros grupos han fundado clínicas veterinarias y fundaciones dedicadas al cuidado de las mascotas en general, con especial dedicación a los perros callejeros. En la calle Pacífico hay dos de esas organizaciones: Anubis, y Némesis.

También hay en Playa Ancha numerosas familias que se dedican a recoger y cobijar a animales abandonados. Muchas de las personas que conocimos durante este reportaje albergan en sus casas a numerosos gatos y perros: Judith tiene ocho gatos y cuatro perros; Elizabeth, once perros en casa, cuatro en la acera de su casa y tres gatos, más otros animales; don Manuel y Verónica, no menos de quince gatos y algunos perros. A Gloria Hernández, de Taqueadero, le queda un solo perro, pero su casa es un Arca de Noé, con cuyes, conejos, aves y cuatro gatos. Todas las mujeres con perros en casa cuidaban también de perros callejeros.

Guachimanes
Estos perros tienen labores específicas. Vigilan el vecindario y, naturalmente, aunque trabajan las veinticuatro horas del día, sus labores empiezan normalmente al caer la noche. Conocen a todos los vecinos, y detectan la presencia de desconocidos. Y tienen, como se cree saber, la capacidad de detectar a desconocidos en actitudes sospechosas -sutilezas como caminar ocultando la cara, o conductas menos sutiles como tratar de abrir una puerta que los guachimanes saben que no es la suya, o todavía más estrafalario, tratar de entrar a una casa por una de sus ventanas. Incongruencias que los perros saben interpretar.

Los perros no siempre atacan en estos casos. Más habitualmente se limitan a ladrar. El bullicio que arman ahuyenta a cualquiera.

En una calle en los alrededores de la plaza Waddington, en el sector de Gran Bretaña en Playa Ancha, se encuentran dos casetas. Antes vivían aquí dos perros; ahora sólo uno, que utiliza las dos casetas. El que vive aquí ahora se llama Snoopy. El otro, Alejandro, murió hace unos años.

Llegaron al barrio hace cerca de diez años. Aparecieron por ahí un día cualquiera, probablemente abandonados. Según la vecina Esther, Snoopy tenía arestín y estaba muy malo. Tan mal, que ya no le quedaban pelos en la piel. Las vecinas los adoptaron y curaron. Se reunieron algunas para hacer una colecta. Dos de ellas -Maritza y Nora- les construyeron las casetas que todavía resisten el embate del tiempo. Les hicieron vacunar.

En otra calle, en los alrededores de la iglesia de San Vicente de Paul, se encuentran otras dos casetas. Ahí viven Muñeca y Blanquinegro, cada uno en casetas adosadas. Eran ambos perros callejeros, a los que las vecinas construyeron casetas improvisadas para protegerles del frío y del viento que, en los cerros, suele ser gélido. Llegaron al barrio hace unos tres años. Las vecinas Jacqueline, Irene y Eda cocinan para ellos.

La vecina Eda les guarda un enorme aprecio. “Cuando llego a casa de noche, los perros me esperan en el paradero y me acompañan hasta la puerta de casa”, dice. Hace unos días, cuenta la vecina Irene, un intruso trató de entrar a una casa del vecindario por una ventana. Lo delataron los ladridos de Muñeca y Blanquinegro y el ladrón huyó cuando los vecinos se asomaron a las ventanas.

Perros con Seguro y Pensión de Vejez
Los guachimanes tienen necesidades que los vecinos de los diferentes vecindarios cubren de modos diversos. En el vecindario de Gran Bretaña, las vecinas se reúnen todos los años para organizar una rifa -el premio es un pie de limón o un juego de tazas- con cuya recaudación se pagan las vacunas anuales y otros gastos que puedan tener, como la visita del veterinario o enfermedades.
A este fondo también pueden recurrir otras familias del barrio que necesiten ayuda para cubrir los costos de operaciones o medicinas.

En el vecindario donde vive Muñeca y Blanquinegro no han tratado las vecinas el tema sanitario, pero Irene inscribió a Muñeca en un convenio de salud que ofrece una clínica veterinaria de la calle Pacífico. Pagando mil pesos al mes, la clínica atiende a las mascotas con un descuento.

El Rancho de los Cachupines
Que las vecinas cocinen para los perros es un buen indicio de su grado de dedicación e integración de los perros en la vida familiar. En Playa Ancha no se ha perdido la costumbre de cocinar para ellos. En Gran Bretaña las vecinas cocinan a diario para Snoopy. Cuando lo hace Raquel, comparte el rancho que prepara ella para su perro de interior, Niki. En la casa de Judith Maury, donde trabaja la Esther, viven además otros cuatro perros (Boni, Niño, Niña y Lucas). El guachimán comparte la comida de esos perros, que se prepara con las sobras de la cocina y otros alimentos.

La Esther también cocina de vez en vez especialmente para ellos, y prepara unos cocimientos que no desmerecerían en otras mesas: contre con panitas y pedazos de zanahoria, zapallo, calabacines y acelgas. O guiso de pescuezo de pollo. Elizabeth, de calle Pacífico, también cocina para sus perros gigantescos sopones de huesos, guatitas, patas de pollo y verduras.

En el barrio de San Vicente de Paul, Irene prepara a veces sopones de hueso y, también, sobras de la cocina, que son los ingredientes habituales de la comida caliente.

Qué Dice la Ley
El perro guachimán se ubica a mitad de camino entre el perro callejero que, aunque tiene territorio, es totalmente libre y vive de la caridad pública, y el perro de casa, el faldero confinado a interiores o el de patio. El perro guachimán es un perro trabajador. Su caseta y su cuenco con comida son su paga. No tienen el mismo prestigio que otros perros trabajadores, como los perros de la policía o los terapeutas, o los de rescate y los San Bernardo o los lazarillos, pero llamarles perros vagos indigna a muchos playanchinos.

La idea de que estos perros de la calle constituyan un peligro para la salud pública es simplemente una creencia escandalosamente errónea. Son perros vacunados, que son revisados periódicamente por el veterinario.

No todos los vecinos se han enterado que la municipalidad prohíbe la construcción de casetas en la calle. El artículo noveno de la ordenanza o decreto número 591, del catorce de julio de 2003, prohíbe “la instalación y/o construcción en espacios de uso público de casetas, refugios o cualquier elemento que sirva de cobijo o habitación a los animales materia de esta ordenanza”.

Su artículo segundo especifica que “los animales domésticos deben permanecer en lugares cerrados, pudiendo circular por las calles y espacios públicos solamente acompañados por sus propietarios y sujetos mediante algún sistema de seguridad, como cadenas o correas, que impida su fuga”.

Para las autoridades porteñas, los perros guachimanes son simplemente animales abandonados y pueden ser, por tanto, recogidos por el servicio municipal competente. Recogidos quiere decir en la lengua oficial que serán encerrados en algún canil, tras lo cual, si no son reclamados o adoptados, serán matados.

El artículo décimo prohíbe “depositar alimento en las calles o lugares de uso público para consumo por parte de los animales callejeros”.

Ley, Ética y Cultura
Pero la guerra de las autoridades contra los perros callejeros es una guerra perdida, porque es una guerra contra las costumbres y contra los principios morales de buena parte de la población. Los playanchinos, como los chilenos de otras ciudades y regiones, consideran a los perros, y no solamente a los perros de la casa, como miembros de la familias. Son familiares, hermanos menores o hermanos chicos. Un perro abandonado es un como un huérfano o como un niño abandonado a la puerta de la iglesia. No alimentar a un perro, sobre todo si ha sido este abandonado y evidentemente sufre hambre en la calle, sería un acto de increíble crueldad e indiferencia.

La permanente lucha de las autoridades contra los perros callejeros no tiene ningún asidero, opinan los playanchinos. El peligro que representan para la salud pública lo exageran las autoridades groseramente. Prácticamente todos los perros que se ven en Playa Ancha en la calle han sido vacunados -gracias precisamente a las numerosas organizaciones de vecinos y familias que se ocupan espontáneamente de ellos. El peligro de la rabia es igualmente muy reducido, porque se restringe habitualmente a zonas rurales retiradas.

La insistencia de algunas autoridades y de alguna prensa en describir a los perros callejeros como bestias feroces siempre a punto de saltarle al cuello a los transeúntes es desmentida categóricamente por las estadísticas disponibles. En abril de este año, el doctor Guillermo Prado, del Hospital Carlos van Buren de Valparaíso, declaraba que “los canes que muerden en general tienen dueño. Por la experiencia que tenemos rara vez lo hacen los perros vagos […] Hay un adulto responsable que no lo contuvo y lo tenía suelto o no le da comida” (La Estrella de Valparaíso, 17 de abril de 2008).

Pero los perros callejeros son muy excepcionalmente agresivos y los vecinos y profesionales sanitarios saben mejor que las autoridades políticas que, en realidad, los perros agresivos son los perros con dueño que son mantenidos en los patios de las casas y sometidos a regímenes de estúpida crueldad en la creencia de que así son mejores guardianes.

Piedad y Resistencia
Interrogadas sobre por qué resistir las ordenanzas o decretos municipales, negarse a cumplirlos y desconocerlos derechamente, casi todas las entrevistadas coincidieron en que actuaban de acuerdo a sus principios morales, que eran superiores frente a la ley. “No se deben obedecer las ordenanzas injustas o mal hechas”, dice Judith Maury, del comité dedicado a la protección de los ‘hermanos menores’. Se expresa en términos similares Elizabeth Muñoz. Si la ética está reñida con la ley, hay que seguir la ética, dice, y agrega: “Además, ¿cómo le voy a decir a mi hijo que respete la vida y la naturaleza si soy indiferente frente al hambre, dolor y enfermedades de los animales?”

Que Dios nos hizo a todos con alma, también a los perros, es una opinión ampliamente compartida. Las autoridades no pueden prohibir las expresiones de piedad y solidaridad, porque son normas religiosas o morales que se ha de cumplir si se quiere conservar la imagen que tiene uno de sí mismo. La piedad forma parte de la identidad playanchina. Para los playanchinos la protección de los animales es algo que tiene que ver más con la moral que con cualquier otra cosa.

Los playanchinos defienden furiosamente a sus perros. Las matanzas de los principios del nuevo milenio fueron resueltamente rechazadas. Todavía se pueden ver en algunas calles del plan rayados y carteles protestando contra la barbarie de las autoridades. Los conflictos de ese entonces dividieron a la población en dos bandos que todavía no se reconcilian. Hoy la ley prohíbe matar a los perros u otras mascotas. Y los perros callejeros llamados ‘sin dueño’ tampoco pueden ser eliminados.

La eliminación de perros es un delito que si se demuestra fehacientemente puede terminar en una pena de cárcel de entre dos meses y un año y medio, y una multa de entre un ingreso mensual mínimo (102.558 pesos en 2008) y diez veces esta cantidad. Sólo pueden ser eliminados por las autoridades sanitarias competentes, y sólo si estas establecen que los perros sufren rabia, que es la única causal para decretar su muerte. No hay otros motivos legales válidos para su eliminación, y las leyes nacionales están por encima de las ordenanzas municipales, según ha dictaminado la Contraloría.1

El delito de maltrato puede ser castigado con bastante severidad. El año pasado se conoció en Concepción el caso de un hombre que mató a patadas a una gata que había sido adoptada colectivamente por los operarios de una fábrica. Fue denunciado y finalmente condenado a pagar una multa de casi medio millón de pesos y a firmar mensualmente durante un año (Las Últimas Noticias del 11 de enero de 2007). Ese caso hace jurisprudencia, e historia. A partir de entonces, no hay motivos para la impunidad.

Los playananchinos han luchado siempre contra las formas más crueles de maltrato animal de parte de las autoridades. Antiguamente, tras detectarse la presencia de las llamadas ‘perreras’ -furgonetas con una jaula- y sus funcionarios, que blandían palos con un lazo en un extremo y solían cubrirse la cara para no ser reconocidos, los vecinos se armaban de palos y piedras para defender a los perros del vecindario.

En las últimas matanzas colectivas de principios del milenio, que en Valparaíso atacaron fundamentalmente a los perros del plan, los playanchinos y otros porteños bajaron de los cerros para rescatar a los animales e impedir su exterminio.

La crueldad de las autoridades suele no tener límites. Un método habitual era matar a los perros con estricnina, que les provoca una muerte lenta y dolorosísima. A menudo los perros, una vez envenenados, eran arrojados a vertederos a esperar la muerte.

Los pobladores montaron manifestaciones y rondas de vigilancia para impedir que se continuara matando.

Autoridades y Costumbres
No hace mucho, un partidario del exterminio protestaba que las costumbres porteñas dificultaban la operación de las reparticiones municipales encargadas de la solución de lo que consideran que es un problema y al que suelen referirse como sobrepoblación canina.

La conceptualización de los perros como miembros de la familia tiene dos implicaciones directas: se ocupan preferentemente las mujeres de ellos, y tienen derechos similares a los de los humanos. Tienen derecho a salir a la calle a jugar, a pasear, a ver a sus amigos y a buscarse novios y novias. A nadie se le ocurriría negar la naturaleza de los cachupines y desconocer su derecho a cierta autonomía.

Lo que quiere decir, en la práctica, que a menudo es imposible distinguir entre perros con y sin dueño que se ven en la calle. En las poblaciones en los cerros, los perros de la calle son probablemente quiltros con dueño.

Pero también en el plan, será difícil encontrar perros de los que se pueda decir que no tienen dueños. Es frecuente que haya grupos de personas que se ocupen de ellos, que los alimentan, vacunan y cuidan cuando enferman. Es verdad que viven en la calle porque fueron abandonados. Pero una vez en ella, nunca faltan las personas piadosas que los protegen.

Esta costumbre quedó en evidencia a fines de 2003 tras un estudio en Viña del Mar, en el que inspectores municipales detectaron que muchos de los perros llamados vagos eran en realidad alimentados y cuidados por comerciantes, ambulantes y establecidos, y grupos de vecinos (El Mercurio, 7 de octubre de 2003). Las autoridades reaccionaron multando a los comerciantes y vecinos piadosos, lo que puede resultar muy contraproducente en una población para la que la piedad es un imperativo moral.

En elecciones locales el tema de los perros de la calle surge siempre con renovado ímpetu y es debatido apasionadamente. Es siempre bueno que los políticos recuerden, dice Enzo Tesser, dirigente vecinal de Playa Ancha, que “aquí queremos a los perros. De hecho, casi todos tenemos perros. Un político que quiera tener un futuro en Playa Ancha tiene que empezar por integrarse y aceptar los valores de la comunidad, y eso incluye la protección de los perros”.

Nota 1

Se trata del Dictamen Nº 34.751 de la Contraloría General de la República de Chile, sobre la denuncia de que la municipalidad de Ñuñoa, en Santiago, practicaba ilegalmente la eutanasia. El dictamen especifica que los perros de la calle sólo pueden ser retirados por los servicios de salud y sólo pueden ser eliminados si esos servicios determinan la presencia de rabia, según el Reglamento sobre Prevención y Control de la Rabia. Las municipalidades no tienen la facultad legal para retirar ni eliminar perros de la calle si no existe fehacientemente el peligro de contagio de este mal.
La ley que tipifica como delito el maltrato animal es la Ley Nº 18.895, art. 291 bis del Código Penal.

[Este reportaje fue publicado originalmente en la revista Ciudad Invisible 22, Valparaíso, Chile, junio-julio de 2008, pp.4-5].

[mérici]

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7 comentarios

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