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15 octubre, 2008 / pepa

Santuario Animal en el desierto


[Al Wathba, Emiratos Árabes Unidos] [Interesante reportaje sobre un gabinete zoológico privado]. Lo leí en Los Angeles Times y lo traduje:

“Los Animales Fueron los Primeros en Llegar Aquí”, dice la mujer sudafricana que dirige el Abu Dhabi Wildlife Center en los Emiratos Árabes Unidos.
El loro tuvo un fin desafortunado. Se escapó. Se deslizó por el piso, salió por la puerta y echó a volar, posándose en un lugar donde los loros no deben posarse.
“Es un poco embarazoso”, dice Ronel Smuts, encargada del Centro de Protección de la Fauna de Abu Dhabi [Abu Dhabi Wildlife Center] aquí, reprimiendo una sonrisa sobre los curiosos giros del destino. “Alguien dejó la puerta de su jaula abierta, salió y voló hacia Zulu, el león. Zulu se asombró de ver esa cosa de colores llegar a su corral. Pero se lo imaginó. El loro se convirtió en su tentempié de la mañana, y Zulu tenía una pluma azul saliendo de su hocico.
La vida puede ser dura al borde de un emirato en el desierto donde la arena pica y el sol te derrite a las nueve de la mañana. Smuts está a cargo de una reserva de animales exóticos y en peligro de extinción recuperados de las manos de contrabandistas en aeropuertos, bazares y palacios. Algunos llegan en los huesos, otros han sido maltratados, como la leona cuyos dientes fueron limados por un jeque. Dos babuinos africanos fueron encontrados en un coche en Dubai; un jaguar fue enviado desde Kazajstán.
Cuando llegan aquí, conocen a una divorciada sudafricana con un cuenco de aluminio y un lado intratable que la hace decir en broma -si asumimos que es una broma- que arrojará a sus empleados -ocho hombres árabes en camisas kaki y gorras del mismo color- a la laguna de los cocodrilos si no barren el suelo y reparan las jaulas. Smuts tiene el corazón blando para los animales y un tono cortante para todos los demás; tuvo una vez catorce chitas viviendo en su chalet, y ha instalado una máquina anti mosquitos en la guarida del león, que, incidentalmente, tiene aire acondicionado.
“Los animales que llegan por primera vez suponen que no soy una jefa fácil”, dice, mientras conduce su todoterrenos por un camino arenoso no muy lejos de una cárcel y un pantano donde, cuando es la temporada correcta, llegan los flamencos. “Tengo una lista de odio, y una lista negra”.
También tiene un protector de la realeza, el jeque Mansoor bin Zayed al Nahyan, banquero y jinete en la línea de sucesión al trono de Abu Dhabi. Su título hace que su tarjeta de visita sea intimidante, pero su alteza es un conservacionista bien conectado, lo que en esta parte del mundo es tan raro como un pingüino con gafas de sol. Ella le pide dinero, él se lo da, y los dos han plantado hierba, construido jaulas, importado rocas para recrear el paisaje africano y conquistado un terreno a las siempre amenazantes arenas del desierto.
“La gente me pregunta: ‘¿Por qué haces esto? No puedes salvar al mundo. No puedes proteger a todos los animales'”, dice Smuts. “Pero puedo salvar a uno, se eso se trata. Proteger a un animal. Es mi ruta, y tengo que seguirla”.
Hace once años Smuts se mudó a los Emiratos Árabes Unidos con su marido, un piloto sudafricano que enseñaba a pilotar helicópteros a la policía de Abu Dhabi. La pareja se separó, pero Smuts decidió quedarse. En 2001, Mansoor la escogió para dirigir lo que sería el  Centro de Protección de la Fauna de Abu Dhabi en los terrenos de una antigua guardería de una fábrica. Muchos animales eran trofeos de un mercado negro alimentado por la guerra, la corrupción y la inestabilidad política que puede llevar a un familia somalí pobre, o a un contrabandista yemení, a vender una chita que terminará enjaulada en un zoco o en el patio de un príncipe.
“Un círculo vicioso”, dice Smuts, que tiene la rápida mirada de un felino en el Serengeti, escudriñando su centro de protección de la fauna y mirando a esos hombres vestidos de kaki que, cuando oyen su voz, se paralizan como las gacelas cuando presienten peligro entre las altas hierbas. Tiene un libro de cuentos sobre una chita en su mesita de café e invita a los niños al centro para hablarles sobre las diferencias culturales, los animales en peligro de extinción y la fragilidad del medio-ambiente.
“Las chitas son solitarias, pero la cultura árabe está muy orientada hacia la familia”, dice. “Los árabes me preguntan a menudo: ‘¿Por qué no viven juntos el macho y la hembra? ¿Por qué no forman familias fuertes? Les digo que es su naturaleza. Las chitas tienen sexo en un frenesí que dura tres o cuatro días. La hembra tiene que estar excitada cuando ve a un macho. La chita es lo contrario de la cultural tribal árabe”.
En su todoterrenos, con su mano firme sobre el volante, y el aire acondicionado soplando como tormenta, Smuts se da cuenta de lo que debe hacer: reparar el corral; impedir que las tortugas coman tanta hierba; criar conejos para alimentar a los leones (la cuenta del carnicero es demasiado alta); traer a un veterinario; revisar al leopardo árabe, que es uno de los 180 que quedan en el planeta, al que, cuando se lo trató de aparear, le costo siete meses imaginar, como dijo Smuts, cómo podía contribuir al progreso de su especie.
“¿Por qué dejamos que se acaben los animales?”, dice. “Los humanos se están reproduciendo y ocupando el planeta. Ya no quedan muchos hábitats. ¿Por qué no hacemos nada. Eso me inquieta”.
Smuts conduce hacia una piadosa sombra. Una tortuga camina lentamente a lo largo de la valla; los cocodrilos están bajo el agua, tratando de escapar de los cuarenta grados Celsius. El jaguar, llamado Antar en homenaje al antiguo poeta guerrero, se pasea en su jaula, con sus garras lo suficientemente fuertes como para romper un ladrillo, y César, el tigre blanco, que podría lanzar una bola de billar a un kilómetro de distancia, se restriega contra los barrotes. Smuts lo acarició y él ronroneó, bajo y grave, contento, excepto que tenía hambre. Smuts le dijo que la carne venía en camino, y luego se volvió hacia Chance y Shaggy, dos raros leones blancos que la esperaban para que le llenara los cuencos de aluminio con leche y calcio.
“Me crié en una granja con animales”, dijo. “Pero cuando no te expones a nada, no puedes entenderlo, ni puedes quererlo. Es por eso que la gente maltrata a los animales. No los entienden”.
Entró al redil, y Shaggy se acercó tranquilo hacia ella como un niño grande que no sabe que es grande.
“Estoy llena de pelos y babas”, dijo. “Nunca voy a encontrar novio”.
Smuts volvió a subir al SUV y condujo hasta la oficina del centro, observando más cosas por hacer pero que tendrían que esperar. La paciencia lo es todo en el desierto, pero Smuts es una mujer que quiere lo que quiere, y ahora. Se rió de sus dificultades y dijo que algún día se marcharía hacia el norte, hacia Canadá, donde cae un montón de nieve y en la noche puedes oír a los osos y a los lobos.
[Jeffrey Fleishman]
[jeffrey.fleishman@latimes.com]
[14 de octubre de 2008]
[6 de julio de 2008]
los angeles times]

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One Comment

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  1. Gabriela / Oct 24 2008 18:16

    Que historia tan fascinante! Pepa, te juró k aluciné imaginando el lugar, cuanta falta hacen mas personas así en este planeta. Y aki en Chile….necesitamos gobernantes con mas vision ecologista, por desgracia, solo tenemos gobernantes k saltan a la vista de un billete.
    Siempre y cuando el billete sea para ellos claro está.

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