Skip to content
17 enero, 2009 / pepa

Gato perdido, nueve semanas después


[Bainbridge Island, Washington, Estados Unidos] [Sabemos que los gatos tienen larga vida. Bess estuvo sin comer ni beber durante nueve semanas. Sobrevivió, pero perdió parte de su memoria. Cuando se trata de animales enfermos, y de recuperaciones prodigiosas, la palabra milagro anda siempre cerca]. Lo traduje de Los Angeles Times:

Una noche, Bess desapareció y no volvió. Hay coyotes allá fuera. Buscas, esperas, y finalmente pierdes la esperanza. Casi.
GATO PERDIDO. Lleva una pequeña campanilla en su collar. Recompensa. Cuando se pierde un felino, las explicaciones de dónde podría estar son tan largas como el pasillo más oscuro en la imaginación del dueño:

Arriba de un abeto. En la barriga de los coyotes que merodean en el bosque. En una cuneta, sangrando, después de haber sido atropellado por un coche. Cazado por un águila calva. (En la isla de Puget Sound, donde vivo, en un informe de biólogos de la fauna silvestre se lee que en los nidos de las águilas se han encontrado varios collares de gato).
Una vez la tarada de Amanda, mi gata persa, se metió en la parte de atrás de la secadora de ropa de una amiga mientras yo estaba de vacaciones, y no salió en cinco días.
Y luego está Bess, cuyo destino no podría haberlo imaginado nadie.
Es la última de toda una línea de gatos que he recogido en mis viajes como corresponsal extranjera.
Marie, bautizada así en homenaje a la canción de Bob Dylan, ‘Absolutely Sweet Marie’, era una sucedánea de siamés que compré por cinco dólares en una tienda de mascotas en El Cairo. Mi empleada en Moscú la metió a la secadora, pero sobrevivió y vivió hasta llegar a la vejez.
Peter era un gato atigrado pelirrojo que se lanzó fatalmente desde el balcón del octavo piso de mi departamento en Moscú -lo mismo que Mario, mi adorado gato burmés, de Portland, Oregon. Katya sobrevivió el viaje de Moscú a Londres, sólo para ser arrollada por un bus.
¿Es sorprendente que la Sociedad Protectora de Animales de Londres no me deje adoptar otro gatito?
Traté de hacerles entender que aunque mis gatos habían sufrido esos accidentes, no eran más que eso -mala suerte- y que yo básicamente era una mujer que adora a los gatos, a los que el resto de la familia también adoraba, que podía brindarles gloriosas comidas, una cama cómoda, atención permanente, frecuentes elogios, una cantidad asombrosa de besos y montones de tiempo en el regazo.
Ni hablar.
“¿Tiene usted un jardín? Porque no entregamos a ningún gato a menos que tengan la oportunidad de salir fuera y tomar el sol”, me dijo la supervisora del refugio de Hounslow en West London cuando llamó para mi primera entrevista en casa.
“Oh, sí”, le aseguré.
“Pero ¿hay alguna reja? El gato no debe poder salir del jardín”, dijo.
“Bueno”, dije, sin querer contarle cómo terminó Katya, “tenemos una reja muy alta, pero no estoy segura de que sea posible construir una reja que no pueda ser superada por un gato. ¿No es así?”
Siguió con sus preguntas. “¿Pasa algún autobús por su calle?”
¿Alguien la estaba asesorando? “Bueno, pero es sólo un bus”, dije, lentamente.
“No, me temo que eso la deja a usted fuera. No damos adopciones a casas en calles con buses”.
Así fue como el investigador de la oficina de Londres del Times, que ha sufrido los caprichos de generaciones de corresponsales, me condujo a East London una tarde hace dos años. Una señora allá tenía varios gatos callejeros, y cualquiera que estuviera dispuesto a pagar 75 libras -unos ciento cincuenta dólares en la época- podía llevarse uno a un departamento en un edificio en una calle con tres recorridos de buses.
Elegí a Bess.
No era la gata más bonita. Negra con manchas irregulares de dorado y naranja, se me ocurría una pintura de Jackson Pollock, lo que quiere decir que mi comentario no es exactamente elogioso. Pero me miró con sus ojos verdes y no dejó de mirarme. Me enamoré locamente de ella.
Kolya, un tímido gato atigrado que habíamos elegido de una caja de gatitos en el metro de Moscú y llevado con Katya a Londres, se quedó igualmente enamorado. Él y Bess se perseguirían por el cuarto de mi hija en el ático, bajando dos plantas hasta la cocina, para volver a subir. Luego se acomodarían en un rayo de sol en la sala para darse turnos de baño. Bess alcanzó su plenitud y se convirtió en una joven y gorda matrona a la que apodamos ‘la Patata’.

En julio volvimos a Bainbridge Island. Los gatos se acostumbraron; había tanto espacio para moverse en nuestra vieja granja, que parecía que no echaban de menos salir fuera, que habíamos decidido que sería poco recomendable considerando la abundancia de coyotes, zorros, mapaches y águilas.
Bess desapareció el 28 de septiembre.
Esa noche teníamos una parrillada, con montones de amigos, niños, un perro bullicioso y música estridente. A la mañana siguiente cuando nadie pudo encontrar a Bess, temimos lo peor.
Probablemente, pensamos, escapó por una ventana arriba que uno de nuestros invitados había dejado abierta, luego se topó con el perro amarrado en el patio, sintió pánico y huyó hacia el bosque -donde viven los coyotes.
Sin embargo, imprimimos carteles y lo pegamos por todo el vecindario. Golpeamos puertas, recorrimos las calles llamándola, colocamos sus juguetes y el camisón de mi hija en el patio para atraerla con olores familiares.
Finalmente, incluso los niños admitieron que no volvería a casa. Annabel, 11, estaba tranquilamente furiosa. “No quiero volver a hablar de religión”, anunció, después de que yo tratara de decir, sin mucho entusiasmo, que Dios tenía alguna razón o algo similar.
Llegó la víspera de Todos los Santos, y Annabel dijo que al menos no teníamos que preocuparnos de que Bess saliera a la calle y se topara con un grupo de adolescentes que pudieran usarla en algún ritual de magia negra.
Algunos amigos que nos visitaron para el Día de Acción de Gracias nos dijeron que pensáramos en hacernos con un perro. ¿Habíamos llegado a ese punto? Cambié de tema.
El 30 de noviembre, la noche previa a la partida de nuestros amigos, tuvimos otra comilona. Preparé tacos de pollo, el novio de mi vecina hizo una jarra de margaritas; encendimos una fogata y fumamos cigarros mirando las estrellas. Después de eso, me quedé en la cocina fregando los platos mientras mi amigo Kris y su hija Sophie charlaban en el salón.
Había algo en la voz de Kris cuando me llamó que hizo que me sintiera como entrando en un congelador. “¿Qué?”, pregunté.
“Kim”, repitió. “Ven aquí”.
Me acerqué lentamente al salón. Entonces lo oí: un maullido bajo, débil, persistente de venía desde dentro del alféizar de la ventanilla, un banco con una puerta de bisagra que Kris y Sophie habían abierto.
Una pequeña parte de mí estaba celebrando incluso antes de entrar a la habitación. El resto de mí se derritió de horror. Habían pasado casi nueve semanas desde que Bess desapareciera; probablemente se metió al alféizar de la ventana cuando nadie miraba. Nueve semanas encerrada en una caja, sin alimento ni agua, ni siquiera demasiado aire. ¿Qué quedaba de ella? ¿Qué cosa era es que estaba maullando?
Como corresponsal de guerra, me han preparado para dejar mis emociones de lado en momentos de peligro, evaluar la situación y actuar rápidamente. Eso fue lo que traté de hacer. Recogí el diminuto atado de pelos sucios que era Bess -cubiertos por un fluido claro y viscoso- y la llevé a la cocina. Cogí mi jeringuilla, la llené de agua y traté de metérsela en la boca, que la tenía abierta y no respondía, excepto para emitir un débil aullido cada algunos segundos.
Cogí el teléfono y llamé a mi hermano, que trabaja como veterinario en Bremerton, a eso de media hora de distancia. Me dio indicaciones sobre cómo llegar a la clínica más cercana. Envolví a Bess en una toalla, trepé al coche de Kris y nos encaminamos hacia la clínica a toda velocidad.
Pasé toda la noche junto a Bess mientras el doctor y los técnicos le inyectaron una solución de azúcar en sus venas y le ofrecían un pequeño cuenco de comida. Como una criatura enloquecida, Bess se abalanzaba contra todos y mordía todo lo que veía cerca, incluyendo mi dedo, y casi se rompió los dientes con la cuchara cuando traté de meterle la comida en la boca.
Pesaba apenas dos kilos. Su sangre estaba llena de sal. Al romper el día empezó a tener convulsiones -una señal de posible daño cerebral a causa de la deshidratación o un fenómeno conocido como ‘síndrome de realimentación’, una crisis metabólica potencialmente fatal observada entre los sobrevivientes de los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial que ocurre cuando las víctimas de hambre son alimentadas demasiado rápidamente.
El doctor paró el flujo de azúcar y dio marcha atrás con la alimentación. Puse mis manos en el flaco tórax de Bess y mi cara frente a sus ojos inexpresivos. “Has resistido hasta aquí y lo vas a seguir haciendo. ¿Me has oído?”
Poco antes del mediodía me marché a casa a dormir.
Durante los días siguientes, visitamos a Bess todos los días. Se había quedado ciega. Apenas levantaba la cabeza, que tenía extrañamente inclinada hacia el suelo en lo que es un clásico síntoma de deficiencia de potasio y tiamina. Seguía sufriendo de lo que los doctores llaman escalofriantemente ‘eventos neurológicos’.
Pese a todo, mejoró. Después de cuatro días, cuando la cuenta del veterinario se acercaba a los tres mil dólares, la llevamos a casa.
Ahora pesa casi tres kilos y parece haber recuperado parte de su visión. Se desplaza lentamente -a veces deteniéndose como si estuviese confundida acerca de dónde se encuentra, o como si hubiese olvidado hacia dónde iba. Puede haber quedado con daño cerebral permanente. O quizá ocurra otro milagro y se cure a sí misma.
“¿Pensabas que sobreviviría cuando la encontramos?”, le pregunté el otro día a mi hermano.
“Lo que se nos enseña, y te puedo mostrar los libros de texto, es que la mayoría de los gatos no sobreviven un período de dos semanas sin alimentos o agua. Algunos no sobreviven ni dos días… Cómo pudo pasar esto…”, dijo. “No puedo responder”.
Tampoco es que necesitemos una respuesta.
Annabel bromea diciendo que Bess -que cumplirá tres años esta próxima primavera- es ahora Dory, el encantador pez de la película ‘Buscando a Nemo’, que no puede recordar nada de lo que ha pasado hace unos minutos. Me gusta ver a Bess de esa manera. Espero por Dios que no recuerde esas largas semanas de espera en nuestro salón, sin llorar ni una sola vez, pensando que su familia la rescataría. Todavía me maravilla que, en lo que pudo haber sido lo último que hacía en su vida, logró llamarnos.
Cuando Annabel y yo nos tendemos juntas en el suelo, y acariciamos a Bess, oyendo sus suaves ronroneos, me siento bendecida.
[Kim Murphy]
[16 de enero de 2009]
[25 de diciembre de 2008]
los angeles times]
[viene de  mQh]

Anuncios

One Comment

Dejar un comentario
  1. LIZZY / Ene 20 2009 21:14

    QUE HISTORIA!!! ME PREGUNTO QUIEN TENDRA DAÑO CEREBRAL REALMENTE, SI LA GATA O LA DUEÑA… QUE LIVIANDAD DIOS MIOOOO!!!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: